|
Mi vida en una nuez

Nací en una familia numerosa afincada en una zona rural de Jutlandia, Dinamarca, cerca de la capital comarcal de Herning. Mi padre era maestro y encargado de la iglesia parroquial; mi madre era ama de casa y tocaba el órgano. Ambos participaban activamente en la vida de la Iglesia Evangélica Luterana, la más importante del país.

Las aficiones de mi infancia incluían el estudio de los mapas del mundo, la lectura, pasarme horas en el palomar y recorrer los campos y bosques. La música ha ocupado siempre un lugar destacado. Me gusta cantar y sé tocar la guitarra y el piano. Los géneros musicales que más quiero son el barroco, el folk, el jazz clásico y el góspel afroamericano.

En la universidad me gradué en Letras Hispánicas (Filología Hispánica). He estudiado una serie de idiomas tanto modernos como clásicos además de cursar literatura danesa, educación de adultos, filosofía, sociología, antropología mesoamericana, traducción, interpretación bilingüe, estudios cuáqueros, teología e interpretación bíblica.

En mi etapa adulta he viajado bastante. He estudiado o trabajado en países europeos como España, el Reino Unido, Bélgica, Francia, Alemania, Suecia y Noruega. En las Américas conozco bien Costa Rica, Cuba, México, Canadá y los Estados Unidos.

Mi juventud fue sombría y solitaria. Debido al rechazo social de la homosexualidad, me refugié desde mi adolescencia en la prisión espiritual conocida como "armario", donde la gente no manifiesta sus sentimientos amorosos. Esa etapa fue marcadamente depresiva. A los 18 años estuve a punto de reventar y quise salir de mi turbulencia emocional. El médico que consulté me remitió a un psiquiatra. La "ayuda" que me proporcionó este último consistía en que, según él, me tenía que armar con paciencia "hasta que me enamorara" de una mujer.

Con 22 años ingresé a la Sociedad Religiosa de los Amigos (Cuáqueros). A los 24, durante mi primer curso de Filología Hispánica, comprendí que los seis largos años de espera impuesta no habían servido para nada: seguía tan enamorado de la belleza masculina como siempre. Entonces me acerqué a una excelente psicóloga que me ayudó a salir al fin del armario estéril. Al dar ese paso me acepté plenamente como un ser humano y sexual creado por Dios.

El segundo desafío espiritual de gran alcance ocurrió cuando tenía 43 años. Caí de repente en una profunda crisis existencial, hundiéndome paulatinamente en un abismo de angustia. Durante varios meses sentí que me perdía cada vez más. Una mañana, a la hora de levantarme de la cama, me vi preso de un terror tal que clamé desesperado a Dios, pidiéndole que me tomara de la mano y me ayudara a encontrar la salida del oscuro túnel que me encerraba.
La respuesta llegó al tercer día, un sábado de la última etapa del invierno, y vino en tres partes. Por diferentes caminos me fueron al encuentro tres conocidos pasajes bíblicos, iluminando cada uno mi vida de manera nueva e inesperada: Mt 25.14–30; Núm 6.24–26; y Lc 5.18–26. Al anochecer fui a la iglesia del lugar a asistir a una bella oración que infundió paz en mi corazón. A los pocos minutos de abandonar el templo, me sonó directamente al oído la voz de Jesucristo que me quitaba la pesada carga que me oprimía. El impacto fue extraordinario. Toda mi angustia se esfumó en cuestión de horas, llevándose por delante los síntomas de crisis espiritual y física. Sólo puedo describir aquel momento como milagroso. Empecé a comprender el significado de la gracia divina. Aleluya.

Mi visión del cristianismo es ecuménica en el sentido amplio. Mis investigaciones académicas sobre la Biblia Hebrea (Antiguo Testamento) me han enseñado que esta obra de arte merece plenamente el lugar singular que ocupa en la literatura universal. Su resplandor permanece. A mí el estudio de los escritos bíblicos me inspira y vigoriza y me impulsa a compartir las perlas que voy encontrando.

|